Esta águila calzada ha cruzado el desierto del Sáhara, ha desafiado el mar y ha seguido un instinto que lleva siglos guiando a su especie, un instinto que no está preparado para afrontar estos obstáculos.
Miles de kilómetros, para llegar hasta aquí.
Y aun así, no ha podido evitarlo.
Ahora está en nuestras manos, con una pata rota, pagando el precio de un mundo que cambia demasiado rápido.

Hay amenazas que no hacen ruido hasta que ya es tarde. Gigantes que giran sin detenerse, incluso cuando la vida pasa entre ellos.
Quizá no se trata solo de avanzar, sino de preguntarnos a qué coste lo estamos haciendo.
Porque cada historia como esta, debería hacernos reflexionar.